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La Tiranía de las Publicaciones

Última modificación: 27 de Febrero de 2017, y ha tenido 144 vistas

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Se habla mucho (sobre todo, últimamente) acerca de la tiranía a la que estamos sometidos en el mundo académico por el sistema de publicaciones existente, basado fundamentalmente en el monopolio de unas cuantas editoriales que gestionan (por llamarlo de alguna forma) la transmisión del conocimiento producido (y no solo a nivel de publicaciones científicas en forma de revista, sino que sus tentáculos se extienden a la ejecución de congresos, la evaluación de la calidad de la producción académica, la creación de material escolar a diversos niveles, e incluso los sistemas de gestión bibliográfica que se usan en muchos centros de investigación). Es verdad que esta tiranía no se vive por igual en todas las áreas, y aunque por desgracia todas se terminan pareciendo siempre en lo malo, todavía hay diferencias entre la tiranía salvaje que se vive en las ciencias frente a la diversidad de pequeños dictadores aprendices de tiranos que se vive en las humanidades.

Sin duda, es una realidad que deberíamos cambiar sin dilación, y sin contemplaciones hacia cambios graduales que no perturben la convivencia social. Simplemente, deberíamos levantarnos una mañana y decir:

  1. Mi universidad (no en la que trabajo, sino la pública general que se mantiene con el dinero de todos) no paga más el diezmo de estas publicaciones, ni para publicar en ellas, ni para acceder a lo que ya tienen.
  2. Yo no envío más artículos a ellas y a partir de hoy (o mejor, desde ayer) los publicaré con acceso libre haciendo uso de las diversas opciones que se ofrecen con la tecnología actual.
  3. No vuelvo a revisar nada que venga de ellas pensando en que han sido capaces de reconocer mi altísima calidad como investigador regalándome el título de revisor altruista de su negocio.
  4. No valoraré como más meritorio algo que haya sido publicado en ellas, no las tomaré como referencia todopoderosa, y me leeré el contenido de los artículos de los participantes en la toma de decisión del que soy jurado.

Es decir, que un cambio de este tipo requiere de una decisión personal a priori que asegure que el valor dado al tirano sea el que se merece sin miedo a las represalias. Si hace falta (y hará) construir un mundo alternativo en el que el conocimiento sea libre de verdad, en el que la valoración sea por el contenido, y no por el medio, en el que los procesos de revisión sean públicos y visibles, habrá que empezar a hacerlo desde ya, y tomando conciencia de las repercusiones personales, administrativas, y académicas que este proceso conlleva. No es fácil, no es cómodo, y como todo cambio, produce algo de vértigo empezar a seguir otras reglas del juego, pero al final deben producir, como toda transformación meditada, una ganancia superior a los años de yugo que se sufre en algo tan importante como es la gestión del conocimiento, que debería ser uno de los pilares de la carta de los derechos humanos (de la que ya deberían empezar a plantearse una reescritura seria).

Casi todos los investigadores que conozco están de acuerdo con alguna forma (quizás no así expuesta, pero equivalentes en el fondo) similar de cambio, y en el fondo y en la forma todos aplaudimos las propuestas de liberación que han ido surgiendo en los últimos tiempos. Hoy en día estamos en condiciones de hacernos independientes de los medios de divulgación dominantes y, por primera vez en mucho tiempo, la tecnología puede usarse de forma democrática sumando valor al bien público general y restando beneficios al bien privado y supraespecífico.

La tiranía de las editoriales nos afecta a un porcentaje muy elevado de los investigadores de una forma u otra (aunque también un pequeño porcentaje que se ha visto favorecido por ella, que son los que las dirigen, mantienen y luchan por su mantenimiento futuro con demagogias que incluyen valoraciones acerca de la pérdida de calidad, subjetividad, etc.). Pero lo más importante es que en las condiciones actuales afecta al 100% de la población porque es una forma de privatizar el conocimiento (que no debería tener dueño) y de usar los recursos públicos para un bien privado que no repercute en la mejor calidad del sistema. Por ello, debería ser una prioridad de cualquier política pública (y recuerdo que la dirección de cualquier universidad pública, la dirección de una secretaría de investigación, de una secretaría de fomento y de innovación, etc. caen dentro de este concepto) el acabar cuanto antes con ese sistema de derivación de los bienes públicos y apoyar, con los recursos necesarios, la gestión de un cambio hacia modelos de conocimiento públicos de verdad.

Pero junto a este tipo de tiranos, que tienen nombre y apellidos, CIF, denominación social, representantes legales, e incluso programas sociales para mitigar su imagen pública, hay una segunda tiranía a la que estamos sometidos la gran mayoría de los investigadores y que se ha impuesto por medio de una callada y meticulosa invasión. Me refiero a la tiranía del lenguaje.

Que el inglés se hubiera impuesto como lengua oficiosa de investigación (sobre todo en ciencias) es algo que podía tener sentido hace unos años. Todos sabemos cómo la deriva política tras las guerras mundiales hizo que todo, absolutamente todo, girara al otro lado del atlántico, inclinando todas las balanzas de parte del ganador, y como nosotros quedamos a este lado del muro, giramos al inglés, en vez de al ruso... pero hasta estos han acabado escribiendo en inglés, y ahora los chinos, a pesar de ser un peso específico importantísimo de la investigación mundial, resulta que tienen que escribirlo todo en inglés. Se puede entender que hace años hiciera falta un lenguaje medianamente común para el mundo de las ciencias, donde no hiciera falta aprender 4 o 5 lenguas nuevas para poder entender lo que se estaba desarrollando en otras partes del planeta... pero ya estamos lejos de esas limitaciones. Hoy en día nos podemos permitir el lujo de que cada investigador publique en su idioma natal, y por varias razones:

  1. Para un investigador no angloparlante el porcentaje de tiempo que se pierde preparando una versión aceptable de su investigación en inglés es tan elevada que en la carrera investigadora está en condiciones de inferioridad respecto a aquellos que tienen el inglés como lengua madre. Es como si a un corredor se le obligara a usar las zapatillas de otro cada vez que va a realizar una competición internacional.
  2. En la actualidad es muy común obtener valoraciones negativas de una publicación solo por el hecho de existir imprecisiones (mínimas, desde el punto de vista del contenido, que es lo que debería importar) en la versión inglesa del texto. Además de una pérdida de tiempo para poder avanzar en otras direcciones, es una absoluta falta de respeto por el contenido y el trabajo realizado que los revisores se preocupen por el inglés y lo impongan como restricción adicional. Si hay errores lingüísticos, basta indicarlos, pero nunca someter la valoración del trabajo a la existencia o no de ellos.
  3. Hay herramientas de traducción automática que permiten entender cualquier idioma del mundo. Basta pasar el texto a un traductor automático (por lo que debería ser obligatorio que el texto se ceda en formato apto para ser procesado automáticamente, algo que se asegura en sistemas de distribución libres y abiertos) para obtener una versión de una calidad más que aceptable del original en cualquier lengua (o, al menos, en alguna de las lenguas que habla directamente el 100% de los investigadores del mundo). Y si esto no funciona a la perfección, para eso están los revisores (no bajo el dominio de una editorial) que pueden ayudar a mejorar pequeños detalles de la traducción automática, tal y como ocurre ahora con la posibilidad de proponer mejoras en las traducciones obtenidas... o el mismo autor, que puede preocuparse en responder comentarios de su artículo o de mejorar puntos determinados de su texto para facilitar su adaptación a otros lenguajes.

No es cuestión de incapacidad ni de falta de ganas, es solo cuestión de eficiencia, y centrar los esfuerzos académicos en la especialidad que cada uno tiene y para la que el dinero público lo financia.

Aun queda una tercera tiranía de las publicaciones, que no es cosa menor (o como diría alguien, es cosa mayor), y que falsea toda la generación de conocimiento. Es la tiranía que nos imponen acerca del engrosamiento de la producción científica. En contra de lo que podría parecer, no la imponen solo las diversas agencias de calidad (uno de los grandes males que atacan a la línea de flotación del sistema de investigación), la existencia de estas agencias es el resultado de un proceso de deformación amparado durante años dentro de las universidades y departamentos. La razón no es única, y no está lejos de lo que vivimos cada día en el mundo universitario. Esencialmente, nos encontramos la competitividad creciente que se está produciendo en el mundo académico... obtener una plaza, una beca, o un proyecto es cada día más complicado y sigue un procedimiento exclusivamente competitivo que obliga a situarte por encima de los demás (debe quedar claro que no es el único procedimiento posible, pero sí el más elitista, algo que cada día gusta más en el mundo académico, y eso que es un mundo elitista por naturaleza desde hace siglos). Para situarse por encima, uno debe convencer a los diversos jurados ... y debido a que los revisores y otras autoridades evaluadoras no suelen (a veces no es culpa de ellos) mirar el contenido científico (en gran parte formado por la producción publicada) de los proponentes, basta sobrecargarlo con un número elevado de artículos publicados en revistas de prestigio para maquillar el perfil a gusto del consumidor.

Esta superproducción exagerada tiene algunas consecuencias nefastas, además de que podría desaparecer el 90% de la producción actual y apenas afectaría al futuro del conocimiento, suele aparecer una sensación de hastío temprano en los investigadores, convirtiéndolos desde jóvenes en profesionales (con todo lo malo que eso conlleva en el mundo de la investigación) sin vocación. Lo más común es que, al menos en España, cuando se ha conseguido el objetivo de estabilidad académica (la ansiada plaza permanente), la investigación pase a un tercer o cuarto plano que solo se fomenta por medio de más azucarillos con forma de ridículos incrementos salariales o pequeñas medallas con las que se compra fácilmente las vanidades académicas más baratas.

De esta forma, la innecesaria producción abultada justifica la existencia de editoriales fuertes ante los entes evaluadores. El círculo se cierra, y los dos tiranos se ayudan para seguir sometiendo a un pueblo, que actúan de mensajero entre ellos. El tercer tirano, el inglés, parece jugar un papel más sosegado, imponiendo diferentes condiciones de juego según tu lugar de nacimiento.

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